Nuestro naranjo

De vez en cuando, mi prima, mi hermana pequeña y yo vamos a un bosque…
Es un sitio fresco y bonito, lleno de plantas. Nos encanta su olor.

A mi, me gustaría que mi habitación oliera igual.

Cuando entramos al bosque se nos dilatan las pupilas. Así, vemos muy bien todo lo que hay a la sombra de los árboles.

Nuestra abuela pasa allí mucho tiempo, entre helechos enormes, acompañada por las criaturas del bosque. Algunas de ellas son salvajes, otras muy pequeñas, también las hay que vuelan.
Nuestra yaya se sienta en medio de su bosque, respira todo el aire fresco que puede, lo aguanta dentro un rato y, después, lo suelta poco a poco.
Le encanta el olor de la tierra mojada.
Ella dice que, cuando llueve, ese lugar es una sinfonía.
-Es tan bonito –dice-  que un día gris no lo puede estropear.

También dice que, si fuera por ella, se quedaría a vivir en el bosque.
-¡Lo tiene todo! ¡Aire, agua, luz y… música!

–A la abuela le cuesta más salir del bosque que a mí ir a la escuela el primer día de clase- dice mi hermana.
En realidad, nuestra abuela sí que sale de su bosque. Sale y se queja, pero no llora como mi hermana en la escuela…
La abuela se lamenta porque la ciudad huele mal, es ruidosa, sucia, gris…
-¡Lo único que se puede hacer en la ciudad es… comprar!-. Dice que está harta de ir a comprar.

Mi  prima cree que nuestra abuela está perdiendo la memoria. Como su vecino, el señor Miguel, el abuelo que vive en frente.
-Se olvida del cine, de los parques, de los museos, de las excursiones a la playa…
Si recordara todo eso- dice mi prima- la ciudad no le parecería tan gris y fea.

Yo no creo que le pase lo mismo que al señor Miguel. Cuando nuestra abuela sale de casa, se pone nerviosa. La ciudad le ahoga.
Se siente tan mal que, en medio del súper, le falta el aire. Se le nubla la vista, se marea y cae al suelo.
Cuando intenta levantarse, no puede. Se ha hecho daño en una rodilla.
¡Pobre yaya!

No queremos que se haga más daño. Nos asusta pensarlo.

Hoy hemos ido a visitarla, nos hemos sentado debajo del naranjo, el árbol más bonito de su bosque…
-Yaya ¿por qué no te vas a vivir al campo?-le pregunto.
-Sí, allí tendrías bosque por todas partes, podrías respirar muy muy hondo… No te faltaría el aire y no te caerías más- dice mi hermana.
-Pero… ¿hay cine en el campo?- pregunta mi prima.

Nuestra abuela nos ha escuchado con atención. Ahora sonríe y nos dice:
-Niñas, necesito mi bosque para respirar. Pero también necesito teneros muy muy cerca de mí, para disfrutarlo.


Isabel Vila

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