Oliver y la flauta



Como cada mañana, Tomás se prepara con torpeza el desayuno. Son las 7:30h, otro día de hastío le espera en la oficina.
La cocina está a oscuras; Tomás, en pijama, busca pan para hacerse unas tostadas. Antes de llegar a la despensa pisa, sin darse cuenta, uno de los juguetes de Flauta, su perrito mezcla de bretón y podenco.
“Tengo que tirarlos de una vez -se dice Tomás-. Flauta está tan viejo que ya no le hace caso a esos trastos”.
Tomás es un tipo gris, solitario, con un trabajo que no le gusta. Vive con Flauta en el piso que sus padres le dejaron antes de mudarse a la costa. Vive allí desde que nació, hace 27 años. Desde los 12, y empleando siempre el mismo procedimiento, ha dado de comer a Flauta cada mañana: mientras el pan se tuesta, Tomás coge un vaso de plástico con medidor, lo repiquetea rápidamente con los dedos en señal de llamada y lo llena de rancho.
Hasta hace pocos meses, antes de que Tomás pudiera llenar el plato de comida Flauta aparecía en la cocina a toda velocidad. Últimamente -ciego, cansado y con el morro repleto de canas- el perro llega con más dificultad, cabeza gacha.
Flauta come lentamente. Tomás comprueba, apático, que llegará tarde al trabajo. No tiene ganas de ir. A decir verdad, Tomás nuca tiene ganas de hacer prácticamente nada. Pero hay que pagar las facturas y... no le queda otra opción. Finalmente se levanta y se viste.
Antes de salir, Tomás busca las llaves; como cada mañana, Flauta se queda al fondo del pasillo y mira a su amo. Luego gira 90º, hasta ponerse de cara a un pequeño mueble recibidor y empieza a mover el rabo.
Hace años que Tomás dejó de perder tiempo en intentar descubrir el motivo de ese acto repetitivo. En los cajones del mueble sólo hay facturas y bombillas fundidas. Nada que pueda atraer a Flauta y menos ahora que apenas tiene apetito o ganas de jugar. Pero el perro se queda ahí, mirando el mueble, quieto, desde que Tomás salía de casa para ir al instituto.
Ya por la tarde, Tomás vuelve del trabajo. Flauta siempre ha preferido que su amo fuera a saludarlo al llegar a casa; le espera en la habitación moviendo el rabito, tumbado en su cojín. Pero hoy, cuando Tomás entra, sigue ahí, quieto, mirando el mueble del recibidor. Tomás le saluda extrañado. “¿Se habrá tirado todo el día delante del mueble?” Decide mirar en los cajones; hace tiempo que no los revisa. “Quizás se me cayó dentro algo que pueda interesarle”.

En los cajones, como ya esperaba, no encuentra otra cosa que facturas y bombillas gastadas. Mientras tanto, Flauta se ha ido a su cojín sin prestar la mínima atención a lo que hace Tomás.
A la mañana siguiente, el despertador suena a las 7:15h. Tomás repite su lento despertar y se dirige a la cocina. Empieza a prepararse el desayuno, y también el ritual de servir la comida a su perro: repiqueteo, llenar el vaso de rancho y verterlo en el plato.
La apatía se convierte hoy en la única compañía de Tomás: Flauta no ha venido a desayunar. Al darse cuenta, Tomás va a la habitación, donde descubre que Flauta ha muerto mientras dormía, en el cojín que fue su cama durante sus 15 años de vida.
Arrodillado frente a su perrito, Tomás se siente fuera de lugar, extraño. Tiene una sensación similar a la de quien lleva muchos años sin montar en bicicleta y pedalea torpemente, sin saber bien cómo dirigirla, a punto de caerse. Así, torpe, se siente Tomas al descubrir la pérdida de su perro. Solo alcanza a salir de ese vaivén cuando suena el teléfono y su jefe le recrimina porque no ha llegado a la oficina aun.
Dos semanas más tarde, antes de irse al trabajo, Tomás se sorprende a sí mismo: está preparando el desayuno a su perro. Sólo cuando vierte el rancho en el plato cae en la cuenta de que su compañero de piso ya no está.
Se viste y se dispone a ir a la oficina. Antes de salir, con el recuerdo de Flauta en la cabeza, observa el final del pasillo y el lugar donde su perro se quedaba quieto, mirando y moviendo el rabo. Camina entonces hacia el mueble recibidor y saca los cajones, los vacía y mira en el fondo de la estructura. No encuentra nada. Luego aparta el mueble, desplazándolo un poco, y en la pared encuentra una pegatina: un personaje de dibujos animados que miraba en su infancia. Es Oliver, el futbolista sin rival, protagonista de una serie de animación japonesa. ¡Cuántas veces soñó Tomás con marcar tantos goles como Oliver…!
Al ver la pegatina, Tomás recuerda con claridad el primer día de Flauta en la casa. Un día que había quedado abandonado en el fondo de su memoria.
Tomas tenía 12 años y recibía una bronca de su madre por haber llenado las paredes de pegatinas. Mientras las pegaba, un Flauta cachorro saltaba intentado atrapar las imágenes de la pared. Cuando la madre volvió a casa y vio la trastada de su hijo, le obligó a quitarlas. Todas. Todas excepto una, que ella no pudo ver: la que Tomás había pegado tras el mueble del pasillo, para que Flauta se volviera loco intentado alcanzarla. El perrito la olfateaba, sabía que estaba allí, pero no la veía; la impotencia le hacía alterarse; esa alteración se traducía en ladriditos agudos, y esos ladriditos en risas de Tomás. Risas que, con el tiempo, olvidó; igual que olvidó la pegatina tras el mueble. Risas que Flauta había intentado hacerle recordar hasta el último día de su vida.


Javier Rey

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