1.
Dos golondrinas planean sin rumbo por el cielo,
mientras el sol se acuesta en las colinas. El ogro y la enana Hortensia se
abrazan bajo la sombra de un laurel.
--Ah, mi dulcísima Hortensia -suspira el ogro-:
¡cuánto deseo que tu perfume acompañe mis fríos días en el castillo del bosque!
--Oh, mi señor… -suspira ella-. Compartir nuestras
vidas es lo que más anhelo yo también. Pero… --Hortensia frunce el ceño y baja
la mirada.
--¿Qué pasa, mi querida? ¿Algo perturba este feliz
momento?
--Es que... no puedo imaginar una vida juntos si… si
tú continúas con ese horrible hábito que tienes. ¡No quiero vivir con alguien
que desayuna niños!
--¿Horrible, dices? ¡Pero si comer niños es lo más
delicioso que hay! Es mi plato preferido…
--¡Escúchame, desalmado! Debes prometerme que vas a
curarte de eso, porque hasta que no dejes de comer niños... ¡no viviré contigo!
–La enana se levanta, pero el ogro la coge del brazo.
--Espera Hortensia, no te vayas…
--Es mi última palabra. ¿Lo prometes?
El ogro mira en todas direcciones, como buscando algo
perdido; se rasca la cabeza, los brazos... Por fin, respira hondo y dice:
--De acuerdo, Hortensia. Te prometo que a partir de
hoy… no comeré niños nunca más.
2.
El ogro se encierra en su castillo. Pasa el tiempo
preparando platos que le satisfagan -o que al menos le hagan olvidar- el hambre
de comer niños.
Una mañana, se levanta malhumorado. Vuelca una taza
de arroz con leche y da grandes pasos por la cocina.
--¡No puedo seguir así!- Arroja contra la pared un puchero con sopa; revolea por los
aires un plato de judías; aplasta con los pies, rabioso, un saco lleno de
patatas... Hasta que, agotado, cae entre sillas rotas, cacerolas y restos de
comida. Luego la ira se calma y aflora el llanto.
--Lo lamento, mi querida Hortensia… ¡sé que no
lograré cumplir la promesa! -llora, desconsolado-. ¡Tengo hambre! ¡Mucho
hambre! Ahora mismo... ¡quiero comer un niñooo!
La voz se vuelve aterradora. Los ojos se encienden y
brillan como brasas. Los colmillos se alargan como sables.
-¡Siiii... quiero comer un niño... jugosito... con
sabor a mantequilla! ¡Grrrr...! ¡Qué delicia!
3.
El hambriento ogro se incorpora de un salto y, con
paso firme, va hacia la puerta. De pronto, un suave aleteo lo detiene en seco:
una paloma acaba de entrar en la cocina y, ahora, picotea granos de trigo en la
mesa. Las gruesas manos del dueño de casa recuperan y despliegan rápidamente el
rollito de papel que la mensajera traía en su pata. Reconoce la letra de su
amada:
--¡Mi encantadora Hortensia!- exclama el ogro, la voz
otra vez enternecida, y lee en voz alta: “Estimado, visitaré tu castillo
mañana. Llevo buñuelos de bacalao y panecillos de hinojo. Cariños, Hortensia.”
El ogro hace una rara mueca, mezcla de alegría y
desilusión. Se siente paralizado; dos fuerzas combaten en su interior.
--¿Qué es lo que yo más quiero...? ¿Comer niños...?
¿Hortensia...?- Las preguntas corroen sus entrañas. Pero pronto una respuesta
nítida llega desde su corazón y brota, cristalina, por su boca:
-Hortensia...
Entonces, desbordado por la alegría, empieza a
limpiar y a ordenar.
Pág. 4.
A mediodía todo está otra vez en su sitio. El ogro,
al pie del fogón, canturrea y revuelve un potaje.
–Mientras no salga del castillo, no habrá problemas
–reflexiona-. Tengo que alejarme de esos deliciosos... digo, de esos
despreciables y bulliciosos críos.
De repente, le pica la nariz, arruga la cara, olfatea
en todas direcciones. Acerca su cabezota a la olla, pero no, no parece estar
ahí el problema.
--Ese olor no viene de aquí; ¡llega de fuera! ¡Y se
está acercando...!
En ese instante, alguien llama a la puerta.
El ogro arroja el cucharón y avanza con pasos
atronadores.
--¡¿Quien se atreve?!- ruge, abriendo el portal.
Entonces... se le aflojan las piernas, el gesto se le descoloca.
¡Un niño! De su mano derecha cuelga un arco.
--¡¿Qué quieres, mocoso impertinente?! --grita el
ogro, tapándose la nariz.
-- Disculpe mi señor que os moleste… pero andaba
cazando por el bosque y... mi flecha ha caído en vuestros jardines. ¿Seríais
tan amable de…?
--¡¿Pero cómo se te ocurre, insolente mequetrefe,
venir a perturbar mi morada por tan miserable causa?! ¡Qué descaro! ¡Sal de
aquí, entrometido, sal de mi vista y no vuelvas!!
--¡Mi señor! Escúcheme por favor…
El portal se cierra de un golpe.
--¡Qué gigantón tan desagradable! ¡¿Qué haré sin mi
flecha?!
El niño da media vuelta y se aleja del castillo
arrastrando el arco por la espesura de las piedras.
-- No me gusta nada volver al pueblo sin ninguna codorniz…
-se lamenta el pequeño.
5.
El decepcionado cazador avanza con lentitud. Patea
piedras y azota ramas con el arco. Hace tres pasos, luego se vuelve dos; se
resiste a regresar a la aldea.
--¡No quiero volver al pueblo! –Detiene la
marcha. --¡He dicho que cazaré una
codorniz y no llegaré con las manos vacías!
Se sienta en una piedra y se abraza las piernas,
pensativo.
--¿Qué hacer? ¡Un arco sin flecha no sirve para cazar
ni una miserable rata!
Entonces abre el zurrón que lleva en el cinturón, mete
una mano y coge un puñado de cebada, trigo y otros cereales.
--¡Si al menos estos granos bastaran para pillar una
codorniz! ¡Necesito esa flecha! ¡Volveré a ese horrible castillo y recuperaré
lo que es mío sin que el gigantón se dé cuenta!
6.
Al rato, el niño está ante un muro cubierto de una
hiedra de tallos rugosos. Batalla entre las hojas, se rasga un poco la cara,
pero alcanza lo más alto. Mientras desciende del otro lado por el tronco de una
higuera, observa el interior del castillo. Nadie a la vista: salta a tierra. Su
corazón bate con fuerza; es como un sapo que busca salir huyendo por sus
orejas. Las piernas le tiemblan. Siente frío. Mira hacia los lados.
--¡GRrrr! ¡GRrrr! –¡El ogro!: tieso, puños cerrados, pelo encrespado, ojos incendiados, colmillos...
–¿Te creías capaz de engañarme, mocoso insolente?
¡GRrrr!
Ciego de rabia y hambre, se lanza sobre el niño. Lo
alcanza con dos zancadas y lo coge como a un cordero destinado al matadero.
En la penumbra del castillo resuena el horrible
vozarrón:
- ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! ¡Qué delicioso desayuno me
zamparé mañana!
7.
Antes del amanecer, el ogro ya está en su cocina,
cantando horriblemente una canción alegre. El niño, en una jaula, digiere la
gran cantidad de comida que su captor le ha dado para que esté rellenito y
apetecible.
--¡Ahh!! ¡Qué mañana tan maravillosa! –exclama el
ogro, cortando zanahorias.
--¡Hacía mucho tiempo que no me sentía así! –Revuelve
el guiso con tanto entusiasmo que salpica por todos lados.
--¡Al fin la carne jugosa y mantecosa de un niño!
Carne suave como la leeeche, gustosa como la mantequiiilla… Humm, ¡ya no puedo
esperar! –dice, y se abalanza sobre el niño. Lleva un gran cuchillo en la mano.
–¡Nooo! ¡Por favor, señor ogro, por favooor! ¡Nooo! –Los gritos del pequeño llenan
los rincones del castillo y un grupo de pájaros revolotea por la cocina. El
niño se desmaya.
En ese momento, el llamador de la puerta empieza a
sonar con insistencia. El ogro sujeta con una mano el cuchillo y con la otra el
cuello del niño. Su rostro perturbado se congela por un segundo.
--¡GRrrr!!!! ¿Quién puede venir en un momento tan
inoportuno?
Deja el cuchillo sobre la mesa, mete al niño en la
jaula y se dirige ansioso hacia la puerta.
--¿Será que ando de suerte y otro crío viene a buscar
alguna flecha perdida?
8.
Hortensia llora en el umbral. El cesto está en el
suelo, los panecillos desparramados por todas partes. Hortensia es como una
paloma bajo un chaparrón.
El ogro –boca y ojos muy abiertos, brazos abandonados
a su suerte- parece despertar de un mal sueño.
--Hortensia… --balbucea- había olvidado completamente…
--¡Olvidaste que vendría! ¡Y olvidaste también de la
promesa! ¡He escuchado los gritos! ¡Es un horror!
--Pero, mi querida…
--No digas nada más.¡Eres un monstruo! Un ogro terrible
y desleal, incapaz de cumplir una promesa... ¡Nunca me has querido más que a tu
horrendo apetito! –Hortensia sale corriendo hacia el bosque.
--¡Hortensia! ¡Espera! --suplica el ogro.
--¡No me sigas! ¡No quiero verte nunca más!
Él intenta alcanzarla, pero al pisar los buñuelos
resbala y cae con estrépito al suelo.
9.
La cacerola despide un vapor blanco. El ogro, los
codos en la mesa, se agarra la cabeza y llora con fuerza.
--¡He perdido lo que más quería! Buahh!! ¡Ay,
Hortensia, qué será de mí sin tu dulce presencia!
El potaje está intacto, el niño permanece en su jaula
observando fijamente al ogro. Siente pena ante ese llanto que nace de un lugar
tan profundo. Entonces desata la bolsa de cuero de su cinturón y se pone a
jugar con las semillas. Coge los granos de maíz, los observa con atención y se
lleva uno a la boca. Mastica y… el rostro se le transforma. ¡Es como si una luz
inmensa lo hubiera hipnotizado!
--¡Señor ogro, señor ogro! –empieza a gritar.
--¿Ehh? –el ogro se despega de la mesa, lento como un
oso después del largo invierno. --¿Qué quieres tú ahora?
--Señor ogro… si usted me permite… yo creo que tengo
la solución a su problema.
--¿Qué dices niño? No, yo ya no tengo remedio…
--Mire señor ogro. Esta es su solución –en su mano
extendida hay un puñado de granos– Les llaman los granos de oro y tienen el
sabor de los niños bien guisados.
--¡¿Qué?!
--¡Pruebe señor! Verá que digo la verdad. Mi padre es
marinero y ha viajado a un mundo nuevo con el gran Cristóbal Colón. A su
vuelta, ha traído estos granos amarillos. Son dulces y saben a mantequilla. ¡Es
el sabor de los niños que a usted tanto le gusta! ¡Vamos! ¡Pruebe! No tendrá
que comer más niños, y podrá recuperar a su amada.
El ogro se levanta confuso. Estudia detenidamente los
granos amarillos y, con la cara de quien no pierde nada con probar, se los
zampa a todos de un bocado.
10.
Así descubrió aquel ogro el maíz, y así su vida -y la
de toda la aldea- cambió completamente. No desayunó niños nunca más; al fin se
pudo ver a los chiquillos de la región jugar sin temor.
Hortensia
fue a vivir con el ogro: fueron muy felices.
Él comía maíz a diari, preparado de mil maneras.
El cereal pasó a ser su mayor pasión, después de
Hortensia, claro.
Con el tiempo, aquel castillo se convirtió en un
albergue muy concurrido.
Las alegres mazorcas de las plantaciones, que el ogro
labró en sus tierras, se vislumbraban desde lo alto del camino; su amarillo
brillante en la espesura del bosque servía de faro para los viajeros.
El ogro atendía con gusto y amabilidad a sus
huéspedes.
Hortensia preparaba abundantes cantidades de maíz
hervido que servía con mantequilla, guisaba potajes y horneaba galletas, tartas
y panes. Pero sin duda su plato más famoso, el que encantaba tanto a su querido
ogro como a los niños de la aldea, eran las palomitas de maíz.
Fin
Gastón
Leytes
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