El vuelo de la mariposa


Abuela me mostró una oruga que estaba en su ventana. Me asomé de puntillas, y me encontré con un bichito muy simpático, que se movía lentamente por la cornisa. Su andar era algo débil, por lo que pensamos en buscarle unas hojitas para alimentarla; así la oruga se pondría fuerte. Lo hicimos durante varios días, cada vez que iba a visitar a la abuela. Pasábamos largo rato eligiendo las hojitas que le harían bien. Tenían que ser suaves y blandas para que pudiera comerlas sin dificultad. Yo disfrutaba mucho de cuidarla mientras la veíamos crecer.  
Pero un día, abuela ya no pudo salir al jardín. Debía permanecer en su cuarto, recostada. No entendí bien porqué, hasta que me pidió que mirara por la ventana. Entonces vi que la oruga se había hecho una casita, marrón y amarilla, como las mantas de la cama. La oruga, entre hebras de seda y hojas secas, yacía ahora suspendida de un árbol. Tampoco podía darle de comer; nada le importaba, metida en su capullo que era como una semilla o un fruto seco.
- Parece un niño dormido – dijo abuela dulcemente.
- No – respondí con voz seca- yo sólo veo una momia en un sarcófago.  
- No te enojes – replicó con mayor dulzura- sólo se ha hecho un refugio, donde permanecerá un tiempo, para luego marchar.  
- ¿Marchar? ¿A dónde? Yo no quiero que se vaya. 
- Aun no se irá, no te preocupes. No hay que preocuparse por la partida del viajero que vuela. Transformado en un ser liviano, éste siempre se va feliz.
No entendí nada de lo que me decía: ¿por qué se iría la oruga después de todo lo que la habíamos cuidado? Sin embargo, sucedió muy pronto, más de lo que ella había dicho. Recuerdo que fue en un día especialmente bello. El cielo estaba calmo, sólo unas suaves brisas despeinaban mis cabellos, y por momentos podía sentirse un dulce perfume de flores. Cuando llegué a verla ella ya no estaba, su capullo aparecía desecho. Lo más triste fue encontrarme que abuela también se había ido. Tendría que haberlo imaginado, “yo soy como la oruga”, me había dicho. Me puse muy triste, me hubiera gustado despedirme.
Me senté en el jardín, cerca de donde juntábamos las hojitas para la pequeña oruga, y allí lloré mucho. Lloré tanto que las lágrimas nublaron mis ojos. Pero, a pesar de ello, de repente la vi. ¡Estaba segura que era ella! La reconocí al instante por más que su forma hubiese cambiado. Ahora tenía unas alas doradas como el sol. ¡Se había transformado en mariposa!
La llamé. En un suave y ligero revoloteo se acercó. Se posó en mi nariz, me miró unos segundos para luego alejarse. Corrí tras ella y, viéndola volar, hacia lo alto del cielo, le grité adiós.  

Florencia Martínez Rojas

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